lunes, 25 de agosto de 2014

Bitácoras desde Finlandia (día 4)


Y aquí damos inicio a la cuarta jornada del viaje. Durante el día anterior tuve el placer de poder visitar uno de los parques que más me ha convencido en los últimos tiempos (Särkänniemi) y, tras un viaje de 2 horas desde Helsinki y la posterior visita a dicho parque, mi cuerpo y mi mente estaban completamente agotados, por lo que desfilé en taxi en dirección al albergue que me iba a dar cobijo esa noche.

En principio mi reserva era de una cama en una habitación compartida con otros 16 huéspedes, un sistema de hospedaje muy común en Europa y que permite al viajero ahorrar más de la mitad del importe de una habitación simple en un hotel, por ejemplo.

Pero conocía los riesgos y desventajas de un albergue (ruido, poca intimidad, incomodidad, inseguridad, olores, etc.), por lo que decidí preguntar al Dream Hostel (donde estaba reservada mi "cama") si tenía alguna habitación mejor. Y BINGO, esa misma semana el Dream Hostel inauguraba su nuevo edificio, el Dream Hotel (sin "s"), un hotel sencillo y de diseño que, como es natural, ofrecía un montón de habitaciones libres al ser su primera semana de rodaje y no aparecer todavía en los buscadores de hoteles.

Pagué unos 30 euros más (precio finlandés, no olvidéis) y por ello tuve derecho a una habitación individual con baño propio, todo un lujo comparado con el albergue que me esperaba inicialmente:
En un futuro os hablaré del Dream Hotel, un lugar muy recomendable y asequible si os encontráis en la ciudad de Tampere visitando Särkänniemi, por ejemplo.

Dicho esto, me levanté sobre las 7:30 para tomarme una refrescante y cómoda ducha, ordenar mi mochila, salir del hotel y desplazarme a la estación de tren de Tampere (la misma que pisaba el día anterior cuando llegué de Helsinki). Allí debería esperar al primer tren del día, que salía de la estación pasadas las 9:00 de la mañana:


Esta cuarta jornada era, sin duda alguna, la más compleja del viaje ya que había unas cuantas etapas que cumplir y todo debía salir a pedir de boca, sin fisuras, sin riesgos (y estando a casi 3000 kilómetros de casa, lo que menos quieres es correr riesgos), por lo que la clasifico, dentro de mi escala personal de dificultad de viajes, en un nivel alto o muy alto, ya que el parque a visitar no es nada fácil de localizar si viajas en transporte público.

El planning era el siguiente: salir de Tampere con un tren Intercity que me dejaría, dos horas después, en la lejana y perdida población de Kauhava, rodeada de absolutamente nada alrededor. De allí tomaría un taxi en dirección al parque, disfrutaría del parque y a media tarde volvería a tomar un taxi de regreso a Kauhava y desde allí subiría a un tren que, durante 4 horas, se desplazaría de regreso a Helsinki.

Por lo que me dispuse a tomar el tren inicial dirección a Kauhava, con este aspecto:
Y de nuevo se repetía la misma historia que el día anterior, tren con wi-fi, enchufes en cada asiento, pantallas con película, hilo musical disponible y una comodidad digna del precio pagado por el billete (37,50€). Y al tener conexión libre para internet, me dispuse a compartir con vosotr@s las pintorescas sensaciones que me estaba aportando aquel apacible viaje:
Puntual al máximo, el tren paraba en la norteña estación de Kauhava a las 11:00, por lo que el primer tramo del día estaba completo. Una estación muy pequeña con un solo andén y con un parking situado en el lateral al que me dirigí en la búsqueda de un taxi que me pudiera acercar al parque, situado a unos 25km de la estación:
Pegado a la estación encontramos un conjunto de casitas con jardines y algunos negocios, uno de ellos es evidente a qué pertenece:
Tomado ya el taxi, emprendía un corto y amable viaje charlando con el taxista en dirección a Powerland. Hablando con él me enteré que esos días se celebraba en el complejo PowerPark (cuyo interior alberga PowerLand) una especie de reunión de camiones tuneados, un evento que juntaba a moteros y amantes del motor en general, por lo que los alrededores del parque gozaban de bastante presencia de personas. Hicimos un repaso a la meteorología (me dijo que por la tarde podía encontrarme lluvia) y me deseó suerte para la dura jornada. ¡Gracias Mr. Albert!

Me presento ante las puertas de Power Park. Lo primero que me llama la atención es que el parque únicamente presenta 3 pequeñas cabinas de taquillas, lo cual puede ser muy buena señal a la hora de tener en cuenta el attendance de un parque (cuantas menos taquillas, menos gente prevista) y si a eso le sumamos que sólo una de las 3 estaba abierta, mejor todavía:
Pagados los 37€ de rigor (¡precios finlandeses!) y armado con el mapa y la wristband, me dispongo a entrar a un parque que, de buenas a primeras, trae a mi nariz aromas de costa italiana y de campos romanos:
La primera impresión que uno se lleva en PowerLand es que todo está prefabricado y absolutamente todo lo has visto antes en otros parques. Tienes rides de Zamperla hasta decir basta, tienes edificios de colores pastelosos, tienes incluso un edificio de oficinas con aspecto similar al de un castillo de Camelot Park. Todo es reconocible pero, como suele ocurrir la mayoría de ocasiones, todo varía un pequeño ápice para ser único y adquirir ese tono de identidad que muchos parques guardan.

El primer credit se localiza temprano, a los pocos minutos de indagar y sumergido en el interior de un espeso bosque de troncos altos y rectos como grandes torres. Su nombre es Mine Train y se trata de una kiddie de (redoble de tambores) Zamperla:
Absolutamente deleznable y prescindible, pero ya se sabe que como cada bocado llena el buche, cada credit llena nuestra mochila de credits. ¡Uno más a la saca!

PowerLand se caracteriza por ofrecer un stock de flat rides y kiddie rides bastante considerable y terriblemente completo. Podemos localizar por ejemplo una réplica de la actual Kinji de Linnanmäki en forma de gyro-drop de vistosos colores y que aquí toma el nombre de Dragon Tower (con también 75 metros de altura, como su hermana de Helsinki):
A apenas unos metros de distancia nos encontramos con otra ride de alturas y de emociones fuertes, un clásico ya de muchos otros parques de atracciones europeos. En PowerLand no se complican la vida y le llaman como la conocemos todos, Booster:
Pegados a Booster encontramos una ride y un credit que también pintan imprescindibles hoy en día para cualquier recinto de ocio. Por una parte encontramos Giant Wheel, una enorme noria de 40 metros de altura que nos permitirá sacar buenas instantáneas del parque y por otra parte nos topamos con Joyride, un curiosísimo credit facturado por L&T Systems, una empresa italiana especializada en facturar versiones low cost de credits de marca (como powereds o familiares sitdown como es esta misma Joyride):
La verdad es que ni siquiera sabía de la existencia de este credit, pero como comprobásteis a través de la cuenta del pajarillo azul, me llevé una grata sorpresa tras completar una decena de ciclos durante todo el día:


Vista y probada la primera parte del parque, me dispuse a seguir visitando la zona boscosa de la entrada y allí encontré un grandísimo restaurante llamado Sybilla Burguer, un local ambientado en el lejano oeste (y es que PowerLand ofrece, de manera muy difusa y pobre, una variedad temática que va desde el far west, pasando por Italia o Alemania).

Allí probé la que os puedo asegurar que tras años de viajes ha sido la mejor hamburguesa que he comido en mi vida. Jugosa, hecha al punto y con un toque de salsa rosa con aromas de barbacoa. Servida con unas patatas extrañamente cortadas y con una ensalada previa de quesos y mezclum, os aseguro que por poco menos de 20€ comí como un auténtico rey (atendido además de excelente manera por sus simpáticas camareras):
Y para dar fe de la buena gastronomía de este parque (rica en heladerías, carne a la brasa y salsas) de nuevo nos encontramos uno de esos personajillos de fibra que perturban con sus miradas perdidas y su alucinógena antropoforma. Este, de hecho, presenta serios trastornos caníbales pues es un cono de patatas fritas que se está comiendo su propia patata frita. ¡Brillante!:
Haciendo la digestión ya y pasando por una enorme plaza rodeada de edificios tematizados y restaurantes, nos encontramos con uno de los grandes credits del parque: Cobra, una boomerang de Vekoma que presenta como única característica diferencial el hecho de usar unos trenes que Vekoma intentó extender a modo comercial ya por 2005 (una estrategia que ha ido repitiendo en varias ocasiones desde entonces) y que, sinceramente, no le añaden absolutamente nada de nuevo a un ciclo doloroso, lleno de transiciones duras y con apenas un par de momentos de intensidad agradable:
Atravesando en su práctica totalidad el parque de punta a punta, nos plantamos en el límite del mismo, al otro extremo, localizando una de las rides más características de todo el recinto: Kwai River, una extraña splash de la británica Interlink LG, ambientada como su propio nombre indica en la película El Puente sobre el río Kwai ya que parte de la estructura transcurre sobre y bajo un puente que imita a la perfección la estructura de aquél puente de madera que aparecía en el famoso film bélico:
A apenas un centenar de metros más allá nos encontramos el cuarto credit que nos ofrece este parque y que aquí recibe el nombre de Neo's Twister, una spinning de Fabbri que ofrece la característica de estar medio tematizada en una especie de comic-manga finlandés llamado "Neon and Nellien" y de que, a diferencia que el resto de spinnings que estamos acostumbrados a ver (principalmente de Reverchón), los trenes de ésta empiezan a girar desde el primer momento que empiezan el layout y no dejan de hacerlo hasta el final:
Una ristra enorme y casi inacabable de mareo gratuito por doquier. Disfruten de las vueltas.

Tramitado ya este penúltimo credit fue el momento de ponernos serios, de enfundarnos el traje de gala de los park-freaks y de disponerme a probar una de esas exquisiteces que le suelen dar muchísimo sentido a esta locura basada en viajar para descubrir parques remotos como este PowerLand. 

Hablo de Thunderbird, la flamante GCI que rompe absolutamente todos los esquemas y que tarde o temprano me comprometo a analizar en el blog mediante una entrada exclusiva dedicada sólo a ella (porque sí, obviamente, merece un espacio en la galería de BGC Classics), una maravilla hecha de madera y con el sello personal e inconfundible de la compañía de Pennsylvania:
Diversión, airtimes, velocidad, intensidad, comodidad, desahogo, gritos de placer, manos al aire y bueno, todos esos ingredientes que conforman el clásico menú "Great Coasters". Uno no deja de preguntarse qué tipo de mala fortuna nos ha tocado por tener estructuras de madera tan y tan malas en España teniendo joyas como estas repartidas por todo el mundo...

Vistos todos y cada uno de los credits y riddeadas la práctica totalidad de las rides del parque, lo último que me quedaba era visitar el lugar donde, se comenta, en 2015 tendremos una infinity coaster launched de la alemana Gerstlauer. El espacio, repleto de estacas de colores y a medio camino entre una llanura de verde césped y el pequeño lago que forma la ride acuática de Kwai River, se presenta como un buen lugar para montar uno de estos bichos, con mucho espacio para construir y un entorno envidiable. El único problema es que queda bastante lejos de, por ejemplo, la entrada del parque (de hecho queda en el lado opuesto a la misma):
Visitado este último detalle, era momento de poner ya el broche final a una visita impecable a un parque que me dejó una sensación agridulce, un parque que pese a tener 12 años de vida ya a sus espaldas, tiene esa extraña cualidad de hacerte creer que está acabado de inaugurar, que todo reluce como el primer día, que las rides apenas han recibido un par de ciclos justo antes de llegar y probarlas tú.
¿El problema de esta situación? El parque parece nuevo en muchos otros aspectos: operativas, restricciones, seguridad, normativas absurdas o aspectos visuales o de marketing. El mapa, sin ir más lejos, es un puro despropósito, así como la guía en la que viene incluído. Y lo mismo con la señalización de las rides o el uso del inglés (que sí está generalizado en parques vecinos como los recientemente visitados Linnanmäki o Särkänniemi).

Lo dicho:

Pocos minutos antes de abandonar el recinto de PowerLand/PowerPark, llamé a la compañía de taxis que había utilizado por la mañana para desplazarme al parque, en apenas 15 minutos tuve ante mi el taxi que me llevaría de vuelta a la inhóspita Kauhava. Vale la pena indicar que en los últimos momentos por el parque el cielo se encapotó y empezó a llover de manera cada vez más intensa, por lo que llegué a la estación de Kauhava bastante empapado y, para ser sinceros, con muchas ganas ya de encontrar la calma de una cama recién hecha y una habitación propia:
Pese a todo, como os dije antes, me quedaban 4 horas de viaje, el tiempo que tarda el tren Intercity a viajar desde Kauhava hasta Helsinki, por lo que me relajé, aproveché las comodidades vistas ya antes de los trenes finlandeses y planifiqué las pocas horas que me quedarían ya en la capital finlandesa para el día siguiente.

Entorno a las 23:00h llegaba a una oscura pero bulliciosa Helsinki, por lo que únicamente tuve que desplazarme unos 500 metros hasta encontrar mi "hotel". Y lo pongo entre comillas porque en la siguiente entrada os explicaré qué tal fue mi experiencia en el Kongressikoti Hotel. Sé que se suele decir de algo tan malo que "no se lo desearía ni a mi peor enemigo" pero... ¡qué demonios! A alguno de mis enemigos les regalaría una nochecita en él.

Ya solo nos queda una última etapa de este arriesgado y loco viaje...

Hablamos mañana...
(Nähdään huomenna...)

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