miércoles, 8 de julio de 2015

Bitácoras desde USA (parte 9)


Como todo espectáculo que se precie, nuestro particular castillo de fuegos llega a su fin y para ello teníamos reservada una traca final difícil de igualar.

Si durante la anterior jornada nos dedicamos a revisitar y recordar grandes anécdotas en Six Flags Great Adventure después de haberlo pateado por completo en 2011, en esta ocasión era el turno de rememorar la jornada turística que hicimos también por entonces a una de las ciudades más populares del mundo: New York.

Por aquél entonces fueron 18 horas de caminar, fotografiar, visitar y viajar y en esta ocasión no ibamos a ser menos, aunque la estructura del día fue algo diferente porque mientras que Raúl y Marc decidieron completar una jornada 100% turística por la ciudad de los rascacielos, en mi caso decidí abultar un poco más el contador de credits y parques y montarme una expedición improvisada al grandioso Coney Island.


Día 9: Brooklyn, Brooklyn!

La jornada empezó con los mejores tintes de ser una jornada maratoniana como pocas y para ello madrugamos y lo primero que hicimos fue completar el trayecto que separaba el hotel de la estación de Metuchen, un distrito a medio camino entre Edison y el límite de New Jersey con Nueva York. Allí aparcaríamos el coche de manera gratuita y nos desplazaríamos en tren hasta la urbe norteamericana (y así nos ahorraríamos los carísimos aparcamientos de Manhattan, donde todo es caro hasta decir basta):


El ticket de tren nos salía por 12 dólares y tenía como destino Penn Station, la mayor de las estaciones de tren de la ciudad, situada en el lado este de la city. El recorrido duraría poco más de media hora, así que nos dedicamos a ir disfrutando del paisaje mientras debatíamos las vicisitudes que tendría la jornada, lo que haríamos, dónde desayunar y demás temas por el estilo.

Mientras, cada vez más cerca, el gran skyline de New York se dibujaba en el horizonte:


Después de entrar bajo tierra y llegar al destino, un par de escaleras mecánicas y de paseos por galerías de cemento y por fin veíamos la luz del sol. Penn Station es ciertamente una estación subterránea con decenas de andenes y, para curiosidad del personal, se encuentra justo debajo del Madison Square Garden, un gran estadio que la ciudad usa para eventos deportivos así como para grandes conciertos.

Según por qué puerta salgáis, si miráis a un lado o al otro, encontraréis el que quizás sea uno de los edificios más icónicos del mundo, el majestuoso Empire State Building:


De acuerdo, ahora ya estábamos totalmente situados. Aquí ya habíamos estado en 2011, ya conocíamos más o menos la red de calles y avenidas de esta parte de la ciudad (aunque nunca jamás se llega a conocer plenamente) así que decidimos meternos en uno de los múltiples garitos de comida rápida y restauración en general en la búsqueda de nuestro ansiado desayuno.

Mi elección para este día fue el de un bocadillo de mozzarela, una bandejita de frutas (los que seguisteis las bitácoras desde California sabéis que me pirran estas bandejitas) y una CocaCola "Bro", para ir pillando el tono de la gran manzana:


Una vez cargadas las pilas lo suficiente como para pasar las siguientes horas del día, decidimos separar nuestros caminos, quedando en un lugar concreto y a una hora concreta en un punto de la ciudad donde cenaríamos y acabaríamos el día los tres juntos de nuevo. ¡Vía libre!

Lo primero que hice una vez disfrutaba de la única compañía de mi mochila y mi cámara, fue acercarme un poco a la base del gigante Empire State. Consejo de turista: es mucho más bonito y espectacular disfrutar de su fachada a unos cuantos centenares de metros, desde la base es un edificio taaaan alto que apenas veréis el primer nivel de pisos, olvidaos de sacar buenas fotografías a menos de 2 o 3 calles de distancia (como hice yo al sacar esta en una posición algo in-extremis):


Lo que sí no os será difícil de fotografiar, ni encontrar, ni mucho menos saborear es el delicioso helado que podáis comprar en cualquiera de los camiones de los helados que pueblan las calles del centro y que activan su música cada vez que cambian de acera o se desplazan por las calles. En mi caso la calle registraba ya una temperatura que rondaba los 30 grados, así que no cabe duda de qué hice al encontrar este camión:


Pero si algo hay que tener claro de Manhattan es que es totalmente imprevisible. Como he dicho antes, podemos haberla visitado y recorrido miles de veces que siempre habrá algo en sus calles que, como si de leer un libro de Dónde está Wally se tratara, nos sorprenderá y llamará la atención. En mi caso, buscando una boca del metro para poder entrar en las entrañas de la ciudad, di en la 5ª Avenida con esto:


Y es que por lo visto era algo así como el día nacional de la India y esto se llamaba la Indian Parade, una serie de carrozas enormes colmadas de adornos, telas y bellos ornamentos y tiradas (literalmente) por una muchedumbre danzando y cantando al ritmo de los cánticos de Hare Krishna que dejaba ir un sacerdote desde la carroza. Un espectáculo realmente digno de ver.

Recibido este último impacto visual, ahora sí encontré una boca de metro muy cerca de Korea Street (la 32 con la 5ª) y decidí meterme sin saber muy bien cómo se desarrollaba el sistema de ramales y vías del metro en este punto de la ciudad.

Echando un vistazo a un par de mapas y siguiendo un par de trazados, en apenas unos minutos entendí la ruta para llegar a mi destino, Coney Island, ya que directamente a esta estación de Brooklyn hay unas cuantas líneas de metro que llegan y mueren allí. ¡No tiene pérdida!


Unos 40 minutos largos, 18 paradas de metro y un par de entretenidas anécdotas en el interior de los vagones clásicos del metro neoyorquino (como por ejemplo un chino que llevaba doscientas cajas de comida en un carrito y se liaba a colocarlas y descolocarlas constantemente) y de repente me planté en la misma estación de Coney Island, con un estilo bastante singular, cubierta por 3 naves metálicas alargadas y un entramado de vigas y soportes, la estación queda claro que es importante y muestra de ello es que encontramos hasta un total de 8 andenes en ella:


Antes de empezar a ir al trapo con todo lo que me encontré en el lugar, vale la pena aclarar conceptos y es que hay bastante confusión en general respecto a lo que se encuentra en este punto del sur de Brooklyn. No es lo mismo Coney Island, que Luna Park, que Scream Zone o que Deno's Wonder Wheel. Puede parecer a priori que se trata de un mismo lugar, pero lo cierto es que conforme pasas horas y paseas por su interior, queda todo bastante diferenciado y más claro.

Por una parte tenemos Coney Island, que digamos que sería algo así como todo el terreno que comprende los parques y locales de ocio que hay en su interior. Es como una barriada dedicada exclusivamente al ocio de quien visite sus calles, solares y playas.

Dentro de Coney Island encontramos pequeños micro-parques que conforman una red de rides y coasters que hace parecer que es homogénea, pero que está totalmente diferenciada, algo así como distritos dentro de una misma ciudad.

Para empezar tenemos Deno's Wonder Wheel, que como su nombre indica, es un diminuto parque de atracciones vertebrado alrededor de la Wonder Wheel, uno de los iconos más apreciados y valorados de todo Coney Island y que NO pertenece a Luna Park:


La cantidad de historia y nostalgia que rezuma esta noria no es ni medio normal. Construida en 1929 esta estructura ha soportado un sinfín de hechos históricos, ha dado cobijo a millones de personas que han querido subir a su altura y ha zarandeado a generaciones enteras de norteamericanos que han querido experimentar sus sensaciones. Incluso el ticket que nos facilitan para acceder a una de las cabinas desprende ese aroma oldschool que tanto sabemos apreciar de vez en cuando:


Y es que el secreto que esconde esta noria (y que la hace tan auténtica, más allá del paso del tiempo en su estructura) es el hecho de que una vez guardada la cola tenemos dos opciones para experimentar las alturas de la Wonder Wheel. Podemos seleccionar una góndola fija (de color blanco) o una góndola móvil (de color rojo o azul). Las fijas tienen un funcionamiento similar al de cualquier noria, giran conforme el eje de la noria gira.

Pero las móviles son la diversión máxima pues, montadas en unos rieles laterales en forma de óvalo deformado, se van moviendo y desplazando por ese circuito cerrado conforme la estructura gira, proporcionando momentos de balanceos y desplazamientos repentinos hacia adelante y hacia atrás sin parar:


De hecho durante toda la jornada estuve grabando vídeos para futuros capítulos de Vloggercoaster y en concreto el vídeo que grabé en el interior de la Wonder Wheel tuve que repetirlo en varias ocasiones porque era tal el balanceo que me era imposible centrarme en lo que debía decir. Aquí una muestra:


Aún así, y con todos los laterales de la cabina forrados de una rejilla que apenas deja sacar un par de dedos (de ahí que al entrar rece un cartel con la frase de que "¡Nunca hemos tenido ningún accidente en más de 90 años!") podemos entrever en el horizonte, a unos 60 metros de altura, cosas tan lejanas e imponentes como el skyline del sur de Manhattan, con el nuevo One World Trade Center capitaneando la presencia, allí a lo lejos:


Un último apunte que vale la pena tener en cuenta antes de aparcar el repaso que hice de Deno's Wonder Wheel, es que el parque, pese a su pequeñez y a lo agolpado de todas sus rides, tiene en su interior un credit llamado Sea Serpent y que se trataba de una coaster de E&F Miler Industries, especializados en este tipo de credits:


Y sí... sé lo que pensáis ahora mismo: "Pero si es una kiddie diminuta sin absolutamente nada de relevante". Y sí, lo es, pero como ya sabéis y mi credo personal así lo reza:


En resumen: Deno's Wonder Wheel, un parque con 95 años de historia (que no son pocos), que ha visto prácticamente toda la historia de Coney Island y cuya noria es uno de esos puntos que jamás deberíamos dejar de probar si tenemos oportunidad para ello:


Prosigamos.

Ahora ya sí, el siguiente paso es hablar de Luna Park, uno de los parques más controvertidos en los últimos tiempo y, como ocurre con ejemplos como Blackpool Pleasure Beach, el Prater de Viena o Bakken en Dinamarca, es uno de esos parques que respira historia vayas donde vayas, aunque lamentablemente la historia de este parque haya sido más o menos borrada con el paso de sus últimos dueños.

Para empezar el parque tiene un sistema tarifario totalmente revolucionario y único en lo que llevo visitado hasta ahora. Más alla de las típicas pulseras, de tickets o tokens, el parque utiliza una tarjeta magnética llamada Luna Card en cuyo interior van almacenados los credits que vas a poder usar durante tu estancia en el parque y que puedes adquirir en la taquilla en forma de recarga de 40, 60 o 100 credits:


Cada una de las rides y coasters del parque tiene un precio en credits que se descontará de tu tarjeta cuando la pases por el lector que hay antes de acceder a cada ride y que controlan exhaustivamente los mismos ride-ops antes de que accedas.

Así tenemos que la ride más barata cuesta unos 3 credits mientras que las más caras cuestan entre 8 y 12 credits (teniendo en cuenta que cada credit equivale a un dolar, los precios, sí amigos y amigas, están totalmente inflados):


Independientemente de esto, el parque está formado por 3 áreas bastante diferenciadas. Una zona central con una docena larga de rides y coasters en su interior (entre las cuales encontramos dos de los credits del complejo: Circus Coaster y Tickler) y donde también nos podemos topar con una versión más tematizada y cuidada del último bombazo de Zamperla que poco a poco va vendiendo y distribuyendo por todo el mundo, su conocida spin-flat Air Race:


Tras la adquisición del parque por parte de la compañía de origen italiano casi una década atrás y después de resucitarlo prácticamente de las cenizas, decidieron expandir el terreno que ocupaba el por entonces Luna Park y comprar solares más allá de Deno's Wonder Wheel. Fue entonces cuando montaron un apéndice extremo llamado Scream Zone, un lugar que rezuma ambiente teenager vayas donde vayas.

En Scream Zone podemos pasearnos con la Luna Card y probar sus rides y coasters igual que Luna Park, es decir, pese a que están tipificados como dos parques diferentes, en realidad pertenecen a lo mismo.

En su interior encontramos cosas como un booster, un power surge, un space shot o dos grandes credits (grandes en cuanto a tamaño, no en cuanto a exquisitez, cuidado). Por una parte nos veremos cara a cara con otra temida volare de Zamperla, en esta ocasión bajo el nombre de Soarin' Eagle:


Y que no, que por mucho que sea la muestra más perfeccionada y cuidada que Zamperla puede ofrecer de todas las que hay repartidas por el mundo, sigue doliendo y siendo imperfecta la mires por donde la mires.

Y justo frente a Soarin' Eagle encontramos otro de esos credits que la compañía italiana ha intentado vender como churros en la última década y que ha logrado hacerlo más o menos bien, me refiero a Steeplechase, una launched moto-coaster compacta y que básicamente se resume en un lanzamiento bastante potente, una primera curva matadora y una sucesión de ir y venir en forma de ochos peraltados hasta llegar al final:


Y por si fuera poco desde hace poco más de un año Zamperla se propuso, en un alargado terreno añadido a lo que ya es de su propiedad, construir una de las máquinas de tortura más aberrantes e infectas que se hayan podido levantar en forma de coaster. Me refiero cómo no a la anaranjada Thunderbolt:


No os dejéis engañar. Repito: NO os dejéis engañar. Sus curvas parecen prometedoras, sus formas pueden seducir vuestra mente e incluso el diseño de sus trenes puede parecer curioso e incluso inducir a pensar en la comodidad. Pero nada más lejos de la realidad amigos y amigas.

No tuve el placer de probar en su día la woodie Thunderbolt construida por John A. Miller que ocupó este mismo espacio de terreno, pero os puedo asegurar que seguro que no mostraba los errores de diseño que esta Thunderbolt de acero sí me mostró. Errores del tipo aplicar uniones de vías en mitad de una inversión o un elemento crítico con muchas fuerzas G (echad un vistazo a cualquier vídeo que veáis en Youtube de esta coaster, los golpes que se oyen al pasar por cada tramo de vía son golpes que van directamente a vuestra columna vertebral) o sacarse peraltes de la manga, sin venir a cuento.

Pero si hay un punto crítico en el que todo lo que implica esta coaster resulta demoledor para el cuerpo, son los camelbacks que se plantan en la parte de retorno hacia la estación, tramos en los que el tren ha adquirido tal velocidad que el cuerpo sale totalmente despedido hacia arriba, siendo en este punto totalmente vitales los cinturones elásticos que equipan el asiento y el sistema de arneses:


En definitiva, Zamperla hizo una muy buena maniobra de marketing a base de poblar la web de viralidad entorno a este credit, pero os aseguro que cualquier esperanza y ánimo queda totalmente desvanecido una vez uno puede probar los incómodos tramos de esta simplucha multi-looper.

Aunque no todo van a ser malas sensaciones. Hasta ahora nos hemos ido desplazando a un extremo del parque, ahora vamos al otro extremo, donde encontramos LA joya, con mayúsculas. Aquella piedra preciosa que todo coaster-freak desea tener en su saco y que por fin pude tener en el mío propio. Me refiero a la histórica Cyclone:


Una coaster con casi 90 años de historia, una coaster que ha visto pasar la gran crisis de 1929, una coaster que ha vivido guerras, que ha visto crecer a la ciudad, que ha divertido a tantísimas familias y que todavía hoy, en pleno siglo XXI, en 2015, está plenamente operativa.

Cyclone rezuma historia allá por donde estés, de hecho le pienso dedicar una entrada especial en forma de Bloggercoaster Classics tan pronto como me sea posible porque sí, merece totalmente estar en el particular reino de las más aplaudidas del mundo.

La pude probar en 2 ciclos distintos (porque uno solo me sabía a bien poco) y todo, desde los asientos, los trenes, las curvas, los peraltes, los drops o los frenos tenía un gustillo oldschool absolutamente delicioso:


Vale la pena decir que Cyclone ha sufrido en los últimos años un re-track de gran parte de su recorrido a cargo de la prestigiosa GCI y, aunque se nota a leguas por la suavidad del tramo, bien vale la pena decir que el layout que no ha sido restaurado ofrece un nivel de suavidad bastante insospechado para un credit con tanto tiempo a sus espaldas. Con un único bache doloroso justo antes de llegar a la estación, el resto del recorrido me pareció excesivamente suave para una coaster así.

Cyclone... ¿¡cuál es tu secreto!?

Disfrutada ya al completo esta última coaster y, por extensión, todo este conglomerado de rides y coasters que se extiende a lo largo de esta zona de Brooklyn, era el momento de volver ya a la ciudad pues a eso de las 20:30 había quedado con Marc y Raúl en el centro de la ciudad para cenar y decidir los últimos pasos de la jornada.

Así que presto y valeroso, repleto de recuerdos en varias bolsas y, más importante, en mi memoria, volví sobre mis pasos para reencontrarme con los plateados vagones del metro neoyorquino esta vez en la dirección contraria, a la búsqueda de la Gran Manzana:


Tardé en esta ocasión algo más de lo previsto ya que el lugar donde habíamos quedado carecía de paradas de metro, por lo que tuve que tomar un taxi y presentarme algo más tarde, pero finalmente entramos y provamos un nuevo local de comida rápida para el RCT, en esta ocasión un Johnny Rocket's, no solamente para cumplir el objetivo de cenar en uno de estos, sino también para hacer realidad algo que me picaba muchísimo la curiosidad y que siempre había querido hacer: mezclar patatas fritas con batido de leche:


Y sí, se que muchos y muchas habréis torcido el morro al leer esto de arriba, pero os aseguro que es un sabor, cuanto menos, curioso. Nosotros nos dedicamos a mezclar jamón con melón y estoy seguro que nadie tuerce tanto el morro ante eso... ¿verdad? Probadlo alguna vez, en serio, os lo recomiendo.

Una vez llenado el buche de nuevo (y es que en todo el día de visita a Coney Island no había podido encontrar ni 5 minutos para comer) decidimos pasear por la ciudad a la búsqueda de otro de los iconos arquitectónicos y ambientales de New York: Times Square.

Para ello dimos un paseo por sus bonitas calles repletas de altísimos edificios, tráfico bullicioso y luces de neón:


Y sí, aprovechamos para confirmar el mito de que las alcantarillas de la ciudad humean incluso cuando estábamos cerca de los 30 grados de temperatura en el exterior:


De camino a Times Square nos encontramos con otra de esas tantas sorpresas que una gran ciudad como es Manhattan te puede reservar en cualquier momento. El concepto es muy sencillo: un autobús de dimensiones gigantescas se pasea por toda la ciudad ofreciendo a una serie de visitantes la posibilidad de ver la ciudad de una manera que nunca jamás la han visto.

¿Su nombre? THE RIDE (así de poderoso, tal cual) y su rocambolesco aspecto es este:


La clave del brillante aspecto de esta artimaña es que vale la friolera de 85 dólares y ofrece un completo recorrido nocturno por los puntos más candentes de la ciudad, de norte a sur y de este a oeste. Como añadido, cada cierta distancia el autobús "encuentra" en la calle un elemento en forma de ciudadano (que en realidad es un actor) que hace un mini-show únicamente para el autobús. Nosotros pudimos ver un saxofonista que se puso a tocar de repente en una esquina y mirando a los boquiabiertos visitantes iluminados de azul. The Ride, amigos y amigas, ¡no lo olvidéis si vuestro bolsillo os lo permite!

Visto esto estábamos ya a apenas un par de centenares de metros de la brillante avenida y os quiero mostrar en una sencilla fotografía el nivel de iluminación de este lugar. Podría mostraros una fotografía con mejor resolución o más nítida, pero he preferido enseñaros esta que saqué con el teléfono móvil para que veáis hasta qué punto llega el focazo de luz que generan las pantallas y edificios que rodean a Times Square. Bien puede parecer neón vivo:


Times Square ya lo conocíamos de la visita de 2011, pero siempre es un puro espectáculo plantarse en mitad de este cruce de calles y avenidas y contemplar absolutamente todo. Es un lugar hecho directamente para entrarte por los ojos y los oídos (ya que el sonido de muchedumbre es absolutamente atronador).

Todo lo que veréis en la siguiente fotografía son pantallas de ultra-resolución y nitidez extrema. Tal es el caso que en algunas es imposible distinguir lo que es un pixel o una lucecita LED:


Y el murmullo viene alimentado por un sinfín de imágenes y momentos que se guardan directamente en la retina del visitante: coches de bomberos pasando con las bocinas, coches de policía auténticos (de los de donuts en el salpicadero), coches tunning con el último hit de Dr. Dre haciendo temblar los cristales e incluso una particular guardia montada a caballo que custodia todos y cada uno de los rincones de uno de los lugares más concurridos del mundo:


Visto esto, encaramos ya la ruta en dirección a Penn Station para buscar el tren que nos llevaría de vuelta primero a la estación de Metuchen (donde dejamos el coche del RCT a primera hora de la mañana, recordad) y luego volver en coche hasta el hotel.

Así fue como pasada de lejos la media noche volvimos, reventadísimos, al hotel que nos había acogido durante las últimas 2 noches y que lo haría por una última tercera. Así fue como nos despedimos de las noches estadounidenses, de como vimos teñirse el cielo de negro por última vez en USA.

Y aún así, todavía nos quedaba algo más de media jornada más de viaje por delante... ¡y volvimos a poner pie en un parque! Pero eso será más bien carne de la próxima y última bitácora.

See you later!

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