Los y las que me seguís desde hace años en el blog sabéis de sobra que siempre he tratado de dejar aparte de mi propia opinión conceptos como la religión, la política o los deportes (que suelen ser tres áreas conflictivas que suelen llevar a muchos puntos de vista distintos y, ante todo, respetables). Pero también como sabréis ya a estas alturas, desde que nací pertenezco a una tierra, a un lugar en el que, sea por las circumstancias que sea, siempre hemos intentado reclamar algo que no se nos puede o quiere otorgar.Hoy los ciudadanos y ciudadanas de este lugar estamos convocados a dar nuestra opinión (de manera legal, ilegal, más o menos vinculante, pintadlo del color que queráis) y tenemos numerosos argumentos para defender nuestra voz ante el mundo.
He decidido hacer un ejercicio de documentación para que podáis comprobar, por vosotr@s mism@s, a qué me refiero con todo esto que os he explicado más arriba. De la lectura del interesantísimo e imprescindible "Les desventures de Port Aventura", obra del genial Roger Jiménez, se desprenden multitud de datos pero hay un capítulo en concreto en el cual veréis rápidamente la queja y estupor que el pueblo catalán lleva años expresando de muy distintas maneras.
Me quiero centrar en el episodio en el que se comenta, de manera detallada, el momento en el cual España perdió la oportunidad de oro de poder construir, gestionar y beneficiarse de la existencia de un posible Disneyland España. Una posibilidad que andó por despachos, reuniones y contactos durante 2 años a mediados de los 80 y que el libro recoge de manera magistral.
